Russische Frauen für alle



—¡Yo creo que en Rusia hay una rusa para cada alemán!— La veintena de hombres que viajaban en aquel camión descapotable no pudieron reprimir una carcajada ante la ocurrencia de su compañero.

—¿Eso crees? —Respondió irónico el teniente.

—Por supuesto, oberleutnant, cada uno de nosotros tendrá la suya.

—¿Es que no te gustan nuestras chicas, Günter? Dijo en tono alegre un muchacho sentado tres puestos a su derecha.

—¡Claro que me gustan las alemanes!

—¿Entonces qué problema tienes? Declaró otro de los soldados en el mismo tono.

—¡Ninguno! Sólo digo que las rusas deberían ser parte del botín, ¿no creéis?

—¡Yo estoy con Günter! Exclamó uno en el banco frente a él.

—¡Tiene razón! ¡Somos nosotros los que nos estamos partiendo el culo lejos de casa! Apuntó con vehemencia otro apurando su cigarrillo. —¡Nos las merecemos!

—No creo que el Führer apruebe vuestros planes, chicos Dijo el teniente Beck con una sonrisa, mirando hacia el horizonte, hacia el oeste, hacia casa.

—¡Habrán rusas también para el Führer, señor! Se apresuró a apuntar el tal Günter —¡Él si quiere podrá tener más de una!
—¡Bravo Günter! ¡Así se habla!

Era imposible aplacar la euforia de aquellos chicos, pensaba el teniente. Habían hecho suya Polonia, y ahora penetraban en Rusia como un chuchillo incandescente en la mantequilla. Yerma, pobre, y desnuda, la estepa parecía infinita ante unos ojos como los suyos, tan acostumbrados a la frondosidad de su hogar en Baden-Wurtemberg, a los paisajes de la Selva Negra. Pero a cada kilómetro que dejaba atrás el camión Moscú estaba un poco más cerca.

—¿Y crees que al Führer le gustan las mujeres soviéticas? 

Preguntó el teniente pensando en la mujer y en la hija que había dejado en casa. 

—¿Y a quién no? Sabe qué, teniente, mi tío era músico y solía viajar mucho a Leningrado. Siempre me hablaba de la belleza de la mujer rusa. En una ocasión conoció a una cantante de ópera y me contó que…

—Espere un momento, Fromm…

—¿Qué ocurre, señor?

El camión se había parado en seco y con él las risas y el ambiente distendido. Entonces el teniente Beck se puso de pie con precaución para observar lo que ocurría en el resto de camiones por delante de ellos.

—¡Las mujeres rusas tendrán que esperar, Fromm! Exclamó sonriendo y dándole una palmada amistosa en el hombro al desconcertado soldado. —¡En pie muchachos, tenemos compañía!
Rusia estaba llena de sorpresas.

Hawai

He de reconocer que éramos unos chicos inconscientes, ajenos a todo lo que nos rodeaba. El mundo se acababa en otro lugar del planeta, pero nosotros estábamos en Hawai, muy lejos de los conflictos y batallas que leíamos en los periódicos, y además, dentro de poco sería Navidad. Navidad en Hawai, qué más se podía pedir.

Cierto era que nos encontrábamos lejos de casa, de nuestras familias, y de nuestras novias; pero eso a veces era una ventaja, sobretodo cuando paseábamos por la isla. A muchos no le gustaban las hawaianas, pero qué queréis que os diga, yo era joven. Un joven que cometía las inmadureces propias de su edad, porque todas las noches que pasaba a bordo de nuestro buque anclado en la bahía, me dormía contemplando la foto de Betty, y no penséis mal. Yo la quería, y la quise hasta que abandonó este mundo el año pasado. Y todavía la quiero. Cómo no. 

Y precisamente fue ella la protagonista el día que todo empezó.

Joseph Di Baggio fue el cabronazo más divertido que conocí en la Marina, y aquella mañana, una mañana como otra cualquiera en el apacible invierno hawaiano, se subió a mi cama y levantó la almohada, echándose a correr gritando y blandiendo la foto de Betty entre las filas de literas.

¡Eh! ¡No os perdáis a la zorrita de Ben!”

Ahora me río, pero os aseguro que en aquel momento no me hizo ninguna gracia. En realidad no me importaban las risas de los demás, pero os aseguro que lo hubiese tirado por la borda si me hubiese roto o perdido aquella foto, porque entonces no era como ahora. En esos tiempos la gente no se tomaba tantas fotos, no todo el mundo tenía una cámara fotográfica, y si no la tenías debías ir a un estudio fotográfico. Quién sabe cuánto tardaría Betty en hacerme llegar otra foto si aquel idiota me perdía aquella.

Recuerdo que lo perseguí durante una decena de metros, tropezándome con todo y con todos en la enorme estancia del barco en la que dormíamos, jugábamos a las cartas, o hacíamos el tonto en las horas libres; y entonces, aquel gamberro al que pronto iba a echar mucho de menos, fingió tropezar y rodó por el suelo lanzando unos gritos y alaridos que no hicieron sino provocar más risas entre los chicos.

¡Devuélvemela, imbécil!” Dije al llegar hasta él.

¡Déjamela hasta mañana!” Me respondió con su sonrisa maliciosa de sinvergüenza.

¡No me toques los huevos y devuélvemela!” Contesté furioso, extendiendo una mano y apretando el puño en la otra.

¡Ey! ¿Qué te pasa? Déjamela por esta noche, Benny. En la Marina hay que compartir las cosas, ¿no es así, chicos?” Y en aquel momento, para terminar de provocarme, cerró los ojos y se llevó la foto de Betty al pecho entre las carcajadas de los demás, y yo estallé de rabia. Lancé mi puño contra él y los dos salimos despedidos en direcciones opuestas. Su sonrisa de bromista fue lo último que vi antes de que todo se hiciese negro.

Desperté una semana después en un hospital de la isla. Los japoneses nos habían atacado por sorpresa y Joseph había muerto, pero de alguna manera, la foto de Betty había llegado a la mesita junto a mi camastro.

Ninguna parte


Nadie sabía cómo se llamaba aquel pueblo. Sólo sabíamos que estábamos en el corazón de Ucrania, en algún punto junto al Dnieper, a unos cuarenta kilómetros al sureste de Kiev, en mitad de ninguna parte.

Nos habíamos levantado en nuestros cuarteles en Kiev cuando todavía era noche cerrada, y habíamos llegado a aquel diminuto poblado cuando despuntaba el día. Hacía el frío más espantoso que se podía imaginar. Aquella era la aldea más pobre que habíamos visto, no las había así en Alemania, y esta era con diferencia la más pequeña que nos habíamos encontrado. Treinta o cuarenta casas de madera, o chatas como las llamaban por aquellas tierras, un camino de tierra que pasaba entre ellas, y la yerma planicie ucraniana. Nada más.

Descendimos de los camiones y pusimos pie en tierra. Éramos una compañía entera que esperaba encontrar allí algún foco de resistencia, un nido de partisanos, un punto aislado en mitad del enorme mapa de Ucrania que se resistía a nuestra ocupación. Pero no. Éramos una compañía entera, en mitad de ninguna parte, muriéndonos de frío, con los fusiles temblándonos en las manos, sin saber porque estábamos allí.

Pero enseguida apareció el teniente Schimidt. Era un hombre valiente y decidido, apenas unos años mayor que nosotros, alguien honorable en quien se podía confiar, hasta aquel día.

Él tampoco pareció contento al comunicarlo, pero nuestra misión consistía en “despejar” aquel lugar, expulsar a todos los habitantes de sus casas, quemar éstas después, y a continuación, separar a aquella gente en dos grupos: los hombres a un lado, y las mujeres, los niños, y los ancianos al otro. Y después, esperar a que llegase un pelotón de las SS. Nosotros éramos una compañía, y de las SS sólo venía un pelotón. No lo entendíamos.

“¡Nos han jodido! ¡Esos cabrones quieren que le hagamos el trabajo sucio!” Recuerdo que dijo Max Kreutz escupiendo al suelo con rabia cuando el teniente terminó de hablar. Max fue uno de los hombres más suspicaces que conocí en mi vida, rara vez emitía un juicio equivocado. Y aquella vez no se equivocó.

Después nos dividieron en pequeños grupos de tres o cuatro hombres por cada casa y comenzamos la tarea.

Irrumpimos en las casas sin ningún cuidado y sin ningún pudor. Nos habían apremiado a hacerlo rápido porque los SS ya estaban de camino y nos afanamos por cumplir nuestra misión. Rompimos puertas a patadas, volamos de un disparo las cerraduras que se resistían, sacamos al gélido amanecer a aquella pobre gente, muchos todavía a medio vestir. La mayoría no sabía qué estaba sucediendo, y nosotros no llevábamos ningún intérprete. Les gritábamos órdenes en nuestro idioma, y ellos a su vez nos respondían en el suyo. La comunicación era imposible, así que simplemente los empujábamos, les dábamos patadas, los golpeábamos con nuestras armas, y los sacábamos a rastras si hacía falta. No nos importaba si a la que agarrábamos de los pelos era una niña, una mujer, o una anciana inválida que no podía valerse por sí misma; lo hacíamos sin más. Ahora me avergüenzo, pero así fue, eso hicimos, sin ningún remordimiento.

Los reunimos a todos en el centro de aquel paupérrimo y frágil poblado, y con los mismos golpes, patadas, y empujones, separamos a los hombres del resto. Muchos no querían separarse y tuvimos que emplearnos a fondo. Nuestras órdenes eran no abrir fuego, así que como contrapartida tuvimos que repartir más de un culatazo en el pecho y a la altura de los riñones para controlarlos. Matthias Sommer, un chico que hasta ese momento no había protagonizado ningún acto violento, le dio una patada a un niño muy pequeño y lo hizo volar varios metros. Él mismo tenía un hermano de esa edad.

Antes de que nos diese tiempo empezar a quemar las casas llegaron los SS. Apareció por el mismo camino de tierra por el que habíamos llegado nosotros un Kdf-Wagen seguido de dos camiones. Habíamos escuchado muchas historias acerca de aquel grupo de las SS, pero hasta que los tres vehículos se detuvieron y descendieron sus ocupantes no conocimos realmente a los Einsatzgruppen.

Por la puerta del copiloto del Kdf-Wagen bajó el jefe de los asesinos, tan asesinos como nosotros. No se presentó, no dijo nada, no nos agradeció el infame trabajo que habíamos hecho, apenas nos miró. Nosotros no le interesábamos. Mientras sus hombres bajaban de uno de los camiones pasó la mirada por el grupo de mujeres, niños, y ancianos que custodiábamos. Y después, con más detenimiento, observó a la treintena de hombres a los que tanto nos costaba mantener separados de sus familias. Entonces se abrió su largo abrigo de cuero negro, sacó una cigarrera de uno de los bolsillos interiores de su guerrera, y comenzó a fumar, allí, de pie, entre la muchedumbre que tiritaba muerta de frío y de miedo, y la treintena de hombres de aquel pueblo del que muy pronto no quedaría nada.

Los catorce Einsatzgruppen tomaron el control de la situación y nos apartaron de mala manera, casi de la misma forma en que nosotros habíamos echado a aquellas personas de sus casas. Entonces les ordenaron a los hombres que subieran a uno de los camiones, y como respuestas a sus protestas éstos recibieron una lluvia de culatazos, empujones, patadas, y puñetazos mucho peores que los que habían recibido por parte de nosotros. Después, los Einsatzgruppen se ocuparon de las mujeres, los ancianos, y los niños.

Mientras dos de ellos se aseguraban a punta de fusil de que ninguno de los hombres bajase del camión, el resto se encargó de colocar a la primera docena de personas contra el muro de una de aquellas pobrísimas chatas, cada persona separada un metro de la otra. Madres junto a sus hijos, niños junto a muchachas demasiado jóvenes para que fuesen sus madres, ancianos a los que les costaba mantenerse en pie… Unos lloraban, otros no; unos tenían el rostro compungido sin derramar una sola lágrima, otros serios y estoicos, otros indiferentes; una chica de no más de quince años con la mirada perdida en algún punto muy lejos de allí, una anciana triste, un hombre muy mayor que murmuraba algo inteligible, una niña que ya parecía muerta; y muchos, muchos de muy corta edad completamente ignorantes del destino que les aguardaba. Todos frente al pelotón de Einsatzgruppen perfectamente formado, con los cañones de los fusiles apuntando hacia ellos.






Creo recordar, que en el último segundo, antes de la primera andanada, busqué con la mirada al teniente Schmidt. Pero el sonido seco de doce cuerpos cayendo al unísono sobre la dura tierra congelada de aquel pueblo hizo que mi mirada se volviese hacia la matanza.

Ahora, tantos años después, me pregunto cómo pudimos hacerlo, cómo pudimos permitirlo. Nuestra compañía era diez veces más numerosa que aquella banda de criminales, pero no hicimos nada. Asistimos impasibles a las trece tandas de disparos que acabaron con las vidas más vulnerables de aquel lugar, un pueblo del que nadie conocía el nombre, en mitad de ninguna parte.

Y todo acabó.

Ciento cincuenta y cuatro personas fueron asesinadas junto al muro de madera de aquella pobrísima casa, y tres hombres más murieron cuando saltaron del camión para ayudar a sus familiares y fueron ejecutados por la espalda.

Los Einsatzgruppen subieron al otro camión con la misma expresión de congelada frialdad con la que habían bajado, y se marcharon por el tortuoso camino de tierra, detrás del camión de los hombres que acababan de dejar su corazón y su alma sepultados bajo la montaña de cuerpos que había quedado junto al muro de aquella casa, desde aquel momento, la más pobre de toda Ucrania.

“Quemadlo todo.” Dijo con una sonrisa maliciosa el personaje más siniestro que conocí en mi vida. Jamás olvidaré sus ojos al tirar la colilla al suelo, subirse al Kdf-Wagen, y marcharse de aquel lugar de muerte del que nadie sabía el nombre, perdido en mitad de ninguna parte.

3n¡gM4 (Tercera parte)



Abajo comprobó que la puerta estaba entreabierta, y se sorprendió al darse cuenta de que el anciano ya se había marchado, perdiéndose por los pasillos de la casa.

—¡Adelante! Pase, está abierta.— lo apremió la voz masculina desde dentro.

Carl Kershaw empujó suavemente la puerta y una inundación de luz lo cegó.

—Siéntese, por favor, y disculpe el desorden.

El científico fue recuperando progresivamente la vista y cuando la blancura absoluta de la claridad se disipó, ante él apareció un hombre de espaldas, vestido con una sencilla camisa blanca, buscando algo en una estantería repleta de carpetas.

—Disculpe el desorden— se volvió a excusar el hombre volviéndose frente a él. —Estas instalaciones no se usan desde hace más de veinte años y todavía estamos acostumbrándonos.

Tenía los ojos azules y el cabello castaño claro. Su rostro presentaba la dureza que le aportaba el haber vivido muchas tensiones, pero conservaba una expresión de humanidad que no lo hacía agresivo.

El matemático miró a su alrededor y comprobó a lo que se refería el hombre desconocido cuando hablaba de desorden.

Aquel espacio no era lo que se entendía por un sótano, sino un almacén, una despensa se diría, perfectamente acondicionada como oficina. Las paredes estaban llenas de estanterías repletas de carpetas, libros y papeles. Del techo colgaban cuatro lámparas que proporcionaban luz para trabajar, y en el centro del improvisado despacho subterráneo, una mesa, un sillón, y una silla que se posaban sobre un suelo de baldosas blancas.

—¿Qué es esto?— preguntó desconcertado el científico.

—Por favor, siéntese— volvió a pedir el hombre desconocido mientras tomaba asiento a su vez en una silla de la que colgaba una gabardina negra. —Ha tenido suerte, ese era el último sillón que quedaba en la casa y me pareció feo que fuese mi culo el que lo ocupase, usted ya me entiende...— dijo el hombre guiñando un ojo y encendiéndose un cigarrillo.— No quiera saber lo que nos costó bajarlo por esas estrechas escaleras a mí y al bueno de... bueno, creo que ya lo ha conocido. Sólo espero que para la próxima guerra encuentren un cuchitril más espacioso y ventilado que éste. Y espero que sea dentro de muchos años y no estar yo para comprobarlo— añadió rápidamente.

Carl Kershaw miró extrañado a su interlocutor y se preguntó que interés podría tener en él aquel hombre.

—¿Quién es usted?— preguntó por fin, tomando asiento en el cómodo sillón de orejas.

—¡Ya era hora! ¡Pensaba que nunca me lo preguntaría!— respondió el hombre desconocido con una sonrisa burlona. —Yo en cambio,— dijo tras una pausa en la que lanzó el humo del cigarrillo al techo de la habitación.— lo sé todo sobre usted.

—¿Cómo ha dicho?

—¡Lo que ha oído, señor Kershaw!

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Le he dejado un mensaje en buzón de su casa. ¿Cree que no sé cómo se llama?— El hombre parecía estar disfrutando con el desconcierto del científico, que empezaba a ponerse realmente nervioso. —Le he dicho que lo sé todo sobre usted. De hecho, no le he ofrecido un cigarrillo porque sabía que no fumaba.

—¿Cómo puede saberlo? ¿Qué es todo esto?

—Lo sé todo de usted... y de Margarethe, y de Claire...

—¿Cómo ha dicho?— preguntó Carl Kershaw atónito.

—Podría decirle hasta el hospital en que nació su hija, y cuánto pesó al nacer; y lo mismo podría decirle de su mujer— afirmó el misterioso hombre con suficiencia.

Carl Kershaw estaba empezando a ponerse realmente nervioso, pero el hombre que tenía delante ni se inmutó ante la desconfiada mirada del matemático y simplemente dejó caer las cenizas del cigarrillo en un cenicero, abrió un cajón del escritorio, y dejó caer ruidosamente dos carpetas con las fotos de su mujer y su hija.

—¿Qué es todo esto?— musitó sorprendido el científico. Su miedo de repente se aceleró. Margarethe y Claire estaban solas en casa.

—No se preocupe, señor Kershaw— dijo el hombre en un tono más conciliador—, no soy italoamericano ni esto es Chicago o New Jersey—. Sonrió durante unos segundos saboreando su propio chiste y después le dio otra calada al cigarrillo.— Soy del MI6 y no tengo nada contra usted y su familia.

Carl Kershaw casi se desmaya en el sillón. ¡El MI6! ¿Qué podía querer el servicio de inteligencia de él?

—¿Qué he hecho?

El hombre frente a él no pudo evitar soltar una carcajada.

—¡Tranquelícese!— dijo tratando de que no se le cayese el cigarrillo de la boca.—Ya le he dicho que no hay nada contra usted.

—¡Entonces qué quiere de mí!— el matemático no pudo evitar alzar la voz.

—Le conviene calmarse, Kershaw, créame que esto será mucho más fácil si se calma.

—¡No me dice ni si nombre, me cita aquí sin motivo, habla de mi mujer y de mi hija, y pretende que mantenga la calma!

—Mi nombre no tiene importancia en este asunto. Y en cuanto a las otras dos cuestiones, sí, tengo un poderoso motivo para tenerlo aquí; y respecto a su mujer y su hija, ahora están mucho más seguras que cuando se despertaron esta mañana, y si usted se comporta como debe, créame que gozarán de ese privilegio durante mucho tiempo.

—¿Dónde están? ¿Qué les ha hecho?— exclamó Kershaw fuera de sí.

—Cálmese, señor Kershaw,— repitió el agente del MI6 –No tiene nada de que preocuparse. En estos momentos estarán en un lugar seguro y con todas las comodidades, y dentro de poco usted también lo estará sólo tiene que…

—¡Dígame que ha hecho con mi familia, burócrata hijo de puta!

—¡Entonces escúcheme y cierre la puta boca!

El bramido del hombre del MI6 retumbó en las cuatro paredes de la habitación y Carl Kershaw se quedó con la mirada clavada en él, dispuesto a cualquier cosa si ese hombre no le decía que era lo que estaba ocurriendo.

—¿Lo ve? Así mucho mejor…

El agente apagó con desgana el cigarrillo en el mar de papeles que desbordaba la mesa.

—¡Ah, por fin! ¡Aquí está!— dijo extrayendo con cuidado un grueso dossier de debajo de una pila de papeles. El enorme cartapacio que amenazaba con estallar si se introducía una sola hoja más llevaba las iniciales A.T.

—¿Conoce a Alan Turing?

La pregunta cogió desprevenido al matemático.

—¿Qué si conozco a Alan Turing?— repitió incrédulo —¿Quién no conoce a Alan Turing?

—Pues será en su gremio,— apuntó el hombre del servicio de inteligencia encendiéndose el segundo cigarrillo –porque no sólo he tenido que estudiarme todo esto que ve aquí para saber quién demonios es su amigo y porque es tan importante, sino que además he de confesarle que me he perdido bastante con toda esa jerga científica, ¿sabe usted?

—¿Qué tiene que ver Alan Turing en todo esto?

 —¡Mucho! Si no me equivoco, y rara vez me equivoco, usted fue compañero, y posteriormente alumno suyo en Cambrige.

—Así es.

—¿Y cuántas veces un estudiante pasa de alumno a profesor en tan poco tiempo?

—Turing no fue un estudiante cualquiera— sentenció Kershaw.

—¡Ya lo creo que no! Matemático, científico, lógico teórico…— el agente pasaba las páginas del dossier con obstinación. –El año pasado se doctoró en Princeston, introduciendo el concepto de “hipercomputación”, sea lo que sea eso. Y al parecer es muy venerado por personas como usted por haberse enfrentado al… Entscheidung

—El Entscheidungproblem, el “problema de decisión”— se apresuró a decir Carl Kershaw.

—Sí, eso mismo— dijo el agente cerrando de golpe el abultado dossier. –Todo un genio su amigo, por lo que se ve…

—Así es, pero no es mi amigo. Lo admiro y estoy orgulloso de haber estudiado con él, pero no tengo el gusto de ser amigo suyo.

—Ya… Al parecer el señor Turing no tiene demasiadas amistades— el agente sin nombre dio una calada a su cigarrillo y expulsó el humo al techo de la habitación por enésima vez.

—¿Qué quiere decir?

—¿Le gustaría trabajar con él?

—¿Qué?

La extraña cita estaba convirtiéndose en una sucesión de preguntas, cada una más sorprendente que la anterior.

—Resolvió el “enigma” que le dejamos en el buzón, podría hacerlo…

—¿El mensaje encriptado lo diseñó Turing?

—Turing y algunos colaboradores más.

—¿Quién? ¿Qué es lo que me está proponiendo?

—Disculpe, tal vez no me he explicado con la suficiente claridad— dijo el agente inclinándose sobre la mesa.

—¡Desde luego que no se ha explicado nada bien!

—Verá… ¿conoce la ciudad de Bletchley?

—¿Por qué cada vez que quiere explicarme algo me hace una pregunta?— exclamó indignado el matemático— Sí, la conozco, en Buckinghamshire.

—Correcto.

—¿Y me va a decir de una vez que tiene que ver esa ciudad con Alan Turing y conMI6o, o va a hacerme otra pregunta?

—Alan Turing está trabajando allí con un grupo de científicos como usted.

La pregunta desconcertó a Carl Kershaw más que cualquier otra pregunta.

—¿Quiere que me una a ellos?

—Va a unirse a ellos— fue la inapelable respuesta.

—No sé como puedo serle útil, no sé por qué el MI6 necesita la ayuda de un grupo de científicos y profesores de universidad.

—Le sorprendería saber la cantidad de gente con la que nos vemos obligados a colaborar— dijo el agente con cierto hastío. –No se crea que es fácil trabajar con ese vejestorio de allí arriba…

—¿Y para qué los necesitáis?— preguntó Kershaw ignorando el último comentario del agente —¿En que están trabajando?

—Todas las mañanas compra el periódico, ya conoce la “situación internacional” en estos momentos— dijo el hombre echándole una indiscreta mirada a la carpeta con las iniciales C.K.

—No sé a dónde quiere llegar.

—Nos preocupan los movimientos de Alemania en el continente.

Carl Kershaw pensó rápido.

—Se refiere a la anexión de Austria y los Sudetes.

—Sí, en parte a eso también…

—¿Entonces…?

—Como comprenderá,— comenzó el agente con parsimonia –, no podemos permitir que se repita lo iniciado en 1914.

—Otra guerra en Europa.

—Otra guerra mundial— corrigió el agente.

—¿Y cómo puede un grupo de matemáticos y físicos impedir una guerra?

—Eso es una cuestión vuestra— declaró el hombre con indiferencia –Mi trabajo se limita a reuniros.

—¿Me propone que me una a la rama científica del MI6 y ni siquiera me dice en que están trabajando en Bletchley?

—No va a unirse a ninguna “rama científica” porque esa rama no existe— sancionó el agente –Así que descuide, no seremos compañeros y no tendrá que volver a verme. —El hombre no pudo evitar sonreír ante la mirada de extrañeza del matemático. —Y mucho me temo que no ha entendido una de las principales cuestiones de esta reunión. No se le está proponiendo nada. Sólo le estoy comunicando su labor a partir de ahora.

—¿Me está obligando?

—Verá… no me gusta usar esa palabra. Nunca la uso. Es una palabra que desprestigia la profesión de gente como yo— dijo con cierta melancolía en la voz. –Pero sólo piense en si está dispuesto a ayudar a los suyos y a su patria.

—Mi familia…

—Sí, los suyos… Margarethe y Claire.

A Carl Kershaw no le gustaba como sonaban los nombres de sus seres más queridos en boca de aquel individuo.

—Desde este momento su mujer y su hija son dos de las personas mejor atendidas de toda Gran Bretaña, al igual que usted. No les faltará nada. Créame.

—¿Y si no acepto?

El hombre volvió a sonreír pero esta vez con cierta malicia.

—No creo que quiera hacer eso.

—¿Por qué?

El agente del MI6 se puso serio sin perder la sonrisa macabra.

—Porque si se niega a servir a su país en cuanto ponga un pie en la calle cinco de mis mejores agentes se encargarán de que no llegue usted muy lejos.

—¿Me está amenazando de muerte?— Carl Kershaw estaba pálido.

—Todas esas expresiones degradan mi trabajo, señor Kershaw. Puede usted tomárselo como quiera— dijo el hombre apagando el segundo cigarrillo con parsimonia.— Pero piense en todo lo que podría ayudarnos, y no lo digo sólo por mí, ni por los cuatro hijos de puta del MI6 que juegan a los espías, que será lo que estará pensando. Piense en los hombres, las mujeres, y los niños que se ha encontrado hoy por la calle al venir hacia aquí. ¿Quiere una guerra? ¿Quiere otra guerra a gran escala? Yo creo que no. Yo creo que es usted un hombre de bien. Piense en todo lo que ayudaría a toda a esa gente, y piense en la cantidad de molestias que se ahorraría aceptando colaborar con el equipo de Turing.

El científico matemático Carl Kershaw se inclinó sobre la mesa y clavó los codos sobre dos carpetas antes de llevarse las manos a la cabeza en un gesto de duda y desesperación.

—Piénselo bien,— repitió el agente acomodándose en la silla y encendiendo el tercer cigarrillo de la tarde.

—¿Ni siquiera va a decirme en qué tendré que trabajar?— dijo Carl Kershaw en un murmullo casi inaudible.

—Bueno…— el humo del cigarrillo voló otra vez hasta el techo deshaciéndose por el camino— No soy el más indicado para hablarle de eso, pero… ¿por casualidad ha oído hablar de la máquina ENIGMA?

Geli



 Relato de FICCIÓN histórica
para la sección El Reto Histótico


Lo había hecho. Su querido tío Adolf estaba muerto. Jamás se creyó capaz de hacer algo así. El cuerpo de uno de los hombres más influyentes de Alemania yacía en el suelo, bajo el marco de la puerta de su habitación, en el lujoso apartamento del número 16 de la Prinzregenteplatz de Munich.

La presión había podido con ella. Demasiadas normas, demasiadas reglas y hábitos que no se adaptaban a su formar de vida ni a lo que tenía reservado para sí misma en el futuro. Quería ser libre, necesitaba serlo. Al principio pensó que irse a vivir con su rico y famoso tío era lo mejor que podía pasarle, que era la oportunidad perfecta para relacionarse con la gente importante y que aquello le abriría muchísimas puertas. Pero no. Poco a poco todo se fue tornando en una pesadilla.

Y aquella noche su paciencia y su desesperación habían alcanzado el límite. La enésima y colérica negativa de su tío la había llevado a echar mano de la pistola Walther que él mismo le había regalado y que guardaba en un cajón de su cómoda. Y así, cuando él daba media vuelta y se marchaba, había gritado, había lanzado un prolongado y liberador chillido que como si de un automatismo se trataba, la había llevado a tomar la pistola y disparar sin apenas apuntar.

Nunca antes había disparado un arma. La propia víctima le había enseñado algunas nociones, pero se sorprendió de su buena puntería cuando vio a su tío caer fulminado bocabajo entre leves estertores que pronto cesaron.

Quizá aún estuviese vivo, pero ella no sentía el valor para averiguarlo.

Sollozaba, quería reír, y quería llorar y llorar hasta que se le acabasen las lágrimas. Acababa de dar muerte a su guía y protector, y quién sabe si también al futuro guía y protector de todos los alemanes.

Y de repente el muerto se movió.

Pareció querer levantarse y Geli soltó la pistola que todavía sujetaba con manos temblorosas en mitad de su crisis de nervios, y ahogó un grito llevándose las manos a la boca.

La sobrina de uno de los hombres más influyentes de Alemania cayó al suelo de rodillas, como si se acabase de dar cuenta de lo que acababa de suceder. Titubeante como si no conociese el camino hasta la puerta, comenzó a gatear hacia el cuerpo de su tío, reprimiendo el llanto para no alterar al personal de servicio de la casa.

Respiraba levemente, Adolf Hitler aún respiraba. Geli se acercó un poco más y pudo comprobar como trataba de balbucear unas palabras. Estaba demasiado débil pero seguía vivo. No lo había matado, pero pronto estaría muerto si ella no hacía algo… o si dejaba de hacerlo.

Geli Raubal escuchó unas voces que provenían del piso inferior. Julius Schreck, el chófer de su tío estaba inquieto, Hitler se estaba retrasando incluso más de lo que era habitual en él.

Geli pensó rápido. Sacó fuerzas de donde no las tenía y como pudo, arrastró el cuerpo de su tío hacia el interior de la habitación. Por suerte no había ni rastro de sangre en el suelo. El disparo había sido en la espalda, a traición, de la peor manera posible. Intentando hacer el menor ruido posible cerró la puerta justo cuando George Winter, el jefe del servicio decía: “Está hablando con la señorita Raubal.”

El corazón le latía muy deprisa. Schreck, el chófer que su tío había contratado tras despedir a su amado Emil, subía las escaleras acompañado al menos por otra persona. No tenía ninguna posibilidad de escapar. Saltar por la ventana era lo mismo que el suicidio. Y las mentiras tampoco valían. ¿Qué iba a decir? ¿Qué había sido un accidente? ¿Qué le estaba enseñando y la pistola se había disparado sin querer matando a su tío? Su tío que todavía seguía con vida… O al menos lo estaba hacía unos minutos.

La muchacha se despegó de la puerta contra la que había estado apoyada intentando calmarse y corrió hacia el cuerpo de su tío. Esta vez si parecía muerto. Tenía los labios firmes, sellados; y todo el cuerpo rígido, inerte. A Geli le dio un vuelco el corazón. Pero entonces se percató de que respiraba levemente. Con sumo cuidado, haciendo algo que no sabía si era recomendable hacer le dio la vuelta. Ahora bocarriba, le parecía que respiraba mejor. Tan solo era una leve respiración, pero seguía con vida, y de esta manera se podía decir que ella también.

Ya habían llegado arriba. Las voces de Schreck, y las de Anny y George Winter, los mayordomos de la casa, estaban cada vez más cerca.

Entonces Geli se abalanzó de nuevo hacia la puerta y cerró por dentro con llave.

-¿Señorita Raubal, está usted ahí? ¿Se encuentra su tío con usted?- preguntó Anny Winter.

Si no habían oído el disparo seguía teniendo una oportunidad, podía seguir ganando tiempo.

-Señorita Raubal, Herr Hitler llega tarde a su cita.

Esta vez fue el chófer quien habló y acompañó a sus palabras con el sonido de sus nudillos llamando a la puerta. El creciente nerviosismo indicaba que sospechaban que algo no iba bien.

Geli no pudo contener por más tiempo su llanto. Suave y lastimeramente empezó a llorar sin consuelo, muy bajo para que no la oyeran, acurrucada junto a su cama con las manos en la cara.

-¡Abra la puerta INMEDIATAMENTE señorita Raubal!- dijo en tono imperativo George Winter.

-Mi Führer, ¿está usted ahí?- preguntó Schreck accionando el picaporte.

Todo había terminado. La iban a descubrir. No podría ocultarse eternamente, algún día tendría que abrir la puerta. En algún momento la iban a lograr forzar desde fuera.

-¡Busque las llaves de esta maldita puerta!

-¡Sí, señor, de inmediato!

¡Se acabó el sueño de ser cantante! ¡Se acabó la fama y la notoriedad nunca alcanzadas! ¡Se acabó mamá y sus ansias de que tuviera una vida acomodada llena de placeres! ¡Se acabó Emil Maurice! ¡Se acabó tío Adolf!

-¡Esto tendrá consecuencias! ¡Díganos que está pasando y abra la puerta!- rugió el chófer mientras George Winter se alejaba en busca de otro juego de llaves.

Geli Raubal sólo podía llorar sabiendo que su destino ya estaba sellado. Lo acaba de sellar nada más efectuar el fatal disparo.

Pero el Führer se resistía a perecer de una forma tan burda. Con horror Geli contempló como sus movimientos eran cada vez más evidentes. Le costaba respirar, parecía que la bala le había atravesado un pulmón, incluso hizo un amago de toser pero sus labios sólo llegaron a torcerse en una amarga mueca.

Y durante un segundo Geli pensó en hacer por él. Pensó en abrir la puerta, dejar que entraran y que intentaran salvarle la vida. Contar que todo había sido un error, un accidente, una torpeza suya manipulando el arma; después de todo, no era más que una “joven inocente”, la protegida de su tío, el que se iba a convertir en el hombre más poderoso de Alemania. Pero no. Nadie la creería, ni siquiera en el caso de que su tío sobreviviera, el agitador de masas más importante de Europa.

Un forcejeo, un ruido llegó del pasillo y la llave con la que Geli había cerrado comenzó a agitarse en la cerradura.

-¿Qué pasa?- preguntó Anny Winter.

-¡Ha cerrado por dentro y ha dejado la llave dentro de la cerradura! ¡No entra!- explicó George Winter.

-¡Pues haga que entre!- dijo en tono imperativo Schreck, el chófer.

-¡Eso intento!

No. No podía salvar la vida de su tío porque ya la suya estaba condenada. Tenía que acabar con él. Tenía que matarlo de una vez y para siempre y acabar con el monstruo que tanto la había hecho sufrir.

Decidida, luchando por no derramar las últimas lágrimas, Geli Raubal, la medio sobrina de Adolf Hitler se puso en pie tras recoger la pistola que él mismo le había regalado.

-¡Rápido!- dijo alguien desde fuera. Había más personas en el pasillo.
La joven avanzó hasta el hombre moribundo que luchaba por seguir respirando, y con un temblor de todas sus extremidades que apenas le permitía sujetar el arma y mantenerse en pie, Geli Raubal apuntó a la cabeza de su tío. Quiso decirle unas últimas palabras pero no pudo. Disparó y la bala impactó en el parqué a pocos centímetros de la oreja izquierda de Hitler. Afuera se desató un auténtico vendaval de voces y golpes nada más producirse el disparo y la puerta comenzó a temblar con violencia, como si de un momento a otro fuese a ser arrancada de sus bisagras.

Geli apuntó de nuevo, y tratando de dominar mejor el temblor de sus manos disparó por segunda vez…

Pareció que un trueno hubiese reventado dentro de aquellas cuatro paredes. La detonación sonó más alta y nefasta que nunca, pero para Geli Raubal, la protegida del líder del Partido Nacional Socialista de los Obreros Alemanes, aquel disparo sonó como una salva de cañonazos conmemorando su liberación. El Führer estaba muerto. Ahora ya no había dudas. Aquella mancha roja en su frente, borrosa tras el velo de lágrimas de la muchacha, indicaba que por fin lo había hecho. Había consumado el acto que tan secretamente había deseado durante tanto tiempo.

Y ahora era su turno.

Aquella historia no iba a tener un final épico y heroico como las óperas que tanto le gustaban a su tío. No. Aquella última escena iba a terminar de la peor manera.

Geli Raubal se introdujo el cañón de la Walther de 6,35mm en la boca, y en ese momento, la puerta se abrió…


3n¡gM4 (Segunda parte)

Carl Kershaw tenía 48 horas para saber lo que decía la nota, pero en menos de 24 lo resolvió. Y cuando lo hizo, descubrió que apenas le quedaba tiempo para preocuparse.

Era una invitación. Quien la hubiese escrito lo citaba el 14 de marzo de aquel 1940, a las 15 horas y 9 minutos exactamente, en el 26 de Wallis Street, a tan sólo unos pocos kilómetros de su domicilio, en pleno corazón de Londres.




Así que cuando ocho minutos después de que el Big Ben marcase las tres de la tarde, Carl Kershaw apareció en Wallis Street, el hombre de la gabardina gris ordenó a sus hombres que se mezclaran entre el gentío y se apostasen en ambos extremos de la calle para comprobar que el matemático acudía solo a la cita, tal y como se le indicaba en el mensaje cifrado.

Carl Kershaw se detuvo ante un edifico de cuatro plantas, igual al de cualquier otro de la zona, y con cierto nerviosismo golpeó con los nudillos la puerta que llevaba un 26 de hierro en el centro. A su espalda se detuvo un hombre vestido con un exquisito traje negro que se encendió con tranquilidad un cigarrillo, y comenzó a mirar despreocupado la acera contraria. Allí otro hombre se sentaba oportunamente en un banco mientras desplegaba un periódico. Otros tres personajes más controlaban en una y otra acera la situación, asegurándose de que aquel prestigioso científico no se arrepintiese en el último momento y huyera.

-¿El señor Kershaw?- preguntó una voz ronca pero suave que se coló por el espacio que había dejado la puerta 26 de Wallis Street al abrirse.

-Sí- dijo simplemente Carl Kershaw con un nudo en la garganta.

-Adelante, por favor.

El individuo del interior abrió un poco, dejando el espacio necesario para que pasase el científico y volvió a cerrar.

-Sígame, por favor.

En la penumbra de la casa que tenía todas las cortinas pasadas, el matemático se percató de la sencilla vestimenta de aquel criado que sin duda hacía ya mucho tiempo que había pasado los sesenta años. Carl Kershaw no pertenecía a la clase más selecta de la vida pública londinense, pero había asistido al suficiente número de fiestas, recepciones, y cócteles como para asegurar que aquel era el mayordomo más desaliñado que había visto.

-Podría preguntarle... -se atrevió a decir el científico.

-No se preocupe. En breve podrá formular toas las preguntas que quiera- se limitó a decir el sexagenario.

El inusual criado llegó al final del estrecho pasillo que había recorrido y Carl Kershaw se sorprendrió al observar que una docena de escalones los conducían hacía abajo.

-Disculpe pero no bajaré ahí- dijo Kershaw armándose de valor.

Él era un académico, un investigador, un científico, un matemático, no un aventurero. Su sitio estaba en las bibliotecas, en las aulas, en los congresos de física y en las universidades, no en los estrechos y húmedos pasillos de una casa desconocida o en el sótano de cualquier lunático.

-Disculpe pero no bajo- repitió.

-No se preocupe- dijo el anciano en tono apaciaguador habiendo descendido unos peldaños -No tiene de que preocuparse, créame.

-No, lo siento- el científico que tragó saliva -Me gustaría marcharme.

-Puede marcharse se así lo desea- fue la voz que salió de aquel sótano y subió por las escaleras -pero pesará sobre su conciencia el haber abandonado a su país.

Las enigmáticas palabras, pronunciadas con decisión por una voz masculina penetraron en los oídos de Carl Kershaw, causándole todavía más desasociego y preocupación.

-¿Quién es usted?- preguntó el matemático con la boca seca.

-¡Baje aquí y le aseguro que se marchará con todas las respuestas!

Carl Kershaw, uno de los mejores matemáticos que había dado la universidad de Cambrige miró a su alrededor esperando encontrar la respuesta en alguna de las múltiples manchas de humedad de aquel pasillo.

-No tiene nada que temer- le dijo el anciano mostrándole su mejor sonrisa y haciéndose a un lado.

Confianza. Como confiar en dos personajes que lo habían reclamado con un mensaje codificado, que no declaraban sus nombres ni sus intenciones, y que ahora le pedían que bajase hasta un sótano donde podría encontrarse cualquier cosa.

Carl Kershaw suspiró, inspiró el aire frío de aquel pasillo, se ajustó las gafas, miró el rostro amable del anciano y bajó.

3n¡gM4 (Primera parte)

El hombre de la gabardina gris metió el sobre en el buzón con la esperanza de que todos los meses de investigación y seguimiento no hubiesen resultado una pérdida de tiempo. Y cuando a la mañana siguiente una mujer salió de la casa, abrió el buzón, examinó con curiosidad el sobre marrón y volvió a entrar; el hombre respiró tranquilo desde la esquina de la calle, y desapareció con el mismo sigilo con el que había espiado durante tanto tiempo al dueño de aquella vivienda.

El hombre de la gabardina gris se imaginaba la escena. Carl Kershaw recibiría el extraño sobre de manos de su mujer y se sorprendería al comprobar sus iniciales escritas con tinta roja en él.

“Pone C.K.” Le diría ella sorprendida. “Esto tiene que ser para ti.”

“¿Qué es?”

“No lo sé. No lo he abierto. ¿Has encargado algo?”

“No. Déjame ver.”

Carl Kershaw, C.K., además de tener una mente privilegiada y ser casi un genio, era un hombre muy familiar. A aquellas horas estaría sentado a la mesa, desayunando con su esposa Margarethe, con la que llevaba cinco años casado; y su hija de tres años, Claire.

“¡Lo voy a abrir!”

Era un hombre curioso. Curioso y extremadamente inteligente, demasiado como para resistirse a un inofensivo trozo de papel.

“Ten cuidado. No me gustan estas cosas.” Le diría ella mientras él rasgaba el sobre con cuidado.

Del interior de éste caería una simple hoja cuyo críptico contenido no haría sino crear más misterio en torno al remitente y las intenciones de éste. Entonces Margarethe miraría preocupada a su marido:

“¿Qué es esto?” Preguntaría.

Él se limitaría a fruncir el ceño, examinar más de cerca la rara nota, y ponerse a trabajar de inmediato. Por algo era uno de los mejores matemáticos que había dado la universidad de Cambrige.